CREENCIAS

 

Tú: Un Ser Humano que Busca a Dios

Dios: El Amante Divino que Te Encontró

Revelación y Fe

Doctrina Católica

Fe y Duda

Un Solo Dios, Tres Personas Divinas

Tres Personas, Un Solo Dios

Creador, Salvador, Santificador

Dios, Padre de Jesús

Jesús, Dios y Hombre

Cristo: Revelación y Sacramento de Dios

Cristo, el Centro de Tu Vida

El Espíritu Santo que Habita en Nosotros

Los Dones del Espíritu Santo

La Gracia: La Vida de Dios en Ti

Fe, Esperanza y Caridad

Amor a Dios, a Sí Mismo, a los Demás

La Iglesia Católica: Fundada por Jesucristo

La Iglesia Católica como Cuerpo de Cristo

La Iglesia Católica como el Sacramento de Cristo

El Pueblo Católico de Dios

La Iglesia Católica: Una Institución Unica

Infalibilidad en la Iglesia Católica

María, Madre de Jesús y de la Iglesia Católica

Escritura y Tradición

La Biblia: Sus Libros y Su Mensaje

La Tradición, el Vaticano II y los Padres

El Pecado Original y Sus Efectos

Pecado Personal

Pecado Personal y Mal Social

Formación de una Conciencia Recta

Bautismo: Vida Nueva y Nuevo Modo de Vida

Confirmación: Sello del Espíritu, Don del Padre

Penitencia: Sacramento de Reconciliación

Unción de los Enfermos

Matrimonio: Sacramento de Unidad Vivificante

Ordenes Sagradas: Sacerdocio Ministerial

La Santa Eucaristía: Sacrificio y Sacramento

Muerte y Juicio Individual

El Purgatorio y la Comunión de los Santos

El Infierno

El Cielo

Una Tierra Nueva y un Cielo Nuevo

 

 

 

 

Tú en Búsqueda, Dios en Búsqueda

 

Tú: Un Ser Humano que Busca a Dios

 

Desde que aprendiste a hablar, has hecho preguntas, lo cual revela algo básico acerca de ti: el hecho de que posees un "intelecto" interrogante.

 

Durante toda tu vida has deseado varias cosas, y constantemente formulas decisiones, diciendo sí a esto, no a aquello. Estas experiencias también revelan algo muy básico acerca de ti: el hecho de que tienes libre "albedrío", el poder para desear y para escoger.

 

A medida que pasa el tiempo tu apariencia corpórea cambia, y tu visión de la vida cambia y se hace más profunda. Pero el tú básico - el "Yo" en ti - sigue siendo el mismo. La matriz de tu ser constantemente ansía, buscando quello para lo cual fuiste creado. A esa matriz espiritual que busca se le ha llamado diversas cosas. Sus nombres comunes son "alma" o "espíritu".

 

Esa realidad última que buscas - que está presente en todo lo que ansías - también ha sido llamada de muchas formas. El nombre más común para esta realidad última es "Dios". Tal es tu vínculo con Dios que si no sintieras su presencia de algún modo, tu vida no tendría sentido y cesarías en tu búsqueda.

 

 

Dios: El Amante Divino que Te Encontró

 

 

Mientras buscas a Dios, Dios te busca a ti. "La Constitución sobre la Divina Revelación" del Vaticano II lo expresa así: "Dios invisible habla a los hombres por la abundancia de su amor, como a amigos, y trata con ellos para invitarlos a unirse con él y recibirlos en su compañia".

 

Como católico estás llamado a buscar y a encontrar a Cristo. Pero tú no comenzaste esta búsqueda por tu propia iniciativa. Fue por iniciativa de Dios. Todos los seguidores de Cristo estaban perdidos, pero fueron buscados y hallados. Dios te encontró, y te hizo suyo visiblemente por primera vez en el bautismo. Lo que él busca ahora es que tú lo busques a El. De un modo misterioso, toda tu vida con DIos es una búsqueda mutua y constante entre dos seres que se aman - Dios y tú - que ya se poseen mutuamente.

 

 

Revelación, Fe, Doctrina y Duda

 

Revelación y Fe

 

Dios te busca. Por eso ha querido "manifestarse y comunicarse a sí mismo y los eternos decretos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres". Al revelarse, Dios no ha comunicado mera información; se ha comunicado a "sí mismo".

 

Tu respuesta personal a la autocomunicación de Dios y su voluntad se llama "fe". "Por la fe el hombre se confía libre y totalmente a Dios tributando al 'Dios revelador, el homenaje pleno del entendimiento y la voluntad', y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El".

 

Doctrina Católica

 

Las doctrinas básicas, o dogmas, de la Iglesia son la expresión verbal de lo que Dios nos ha revelado sobre nuestra relación con El. La característica principal de los dogmas de la Iglesia es que concuerdan con la Sagrada Escritura. Estas enseñanzas declaran el contenido inmutable de la revelación, traduciéndolo a los idiomas y modos de pensar de la gente en cada era y cada cultura. Un dogma es una declaración de la verdad, una formulación de algún aspecto de la fe. El Propósito de cada dogma es el de hacer presente a Cristo desde un punto de vista particular. El dogma de la Iglesia es una interpretación fiel de la autocomunicación de Dios a la humanidad.

 

 

Fe y Duda

 

Las fórmulas dogmáticas de la Iglesia, sin embargo, no son lo mismo que la autorevelación de Dios; son el medio por el cual los católicos ponen su fe en Dios. Dios descubre y comunica el misterio de sí mismo por medio de las enseñanzas de la Iglesia. Las enseñanzas son como sacramentos por los cuales tú recibes a Dios. Por medio de las fórmulas doctrinales tú encuentras a Dios en tu acto personal de fe.

 

La vida de fe es muy personal y delicada, y en resumidas cuentas, un misterio. La fe es un don de Dios y sólo Dios sabe quién lo posee. Podemos presumir, sin embargo, que Dios es generoso con su don y no debemos presumir que alguien no lo tiene.

 

A una persona le puede faltar la fe por su propia culpa; somos libres aun para rechazar a DIos. Pero cuando alguien "duda" no debemos sacar una conclusión precipitadamente. Por ejemplo, hay gente que recuerda a su padre como alguien que castiga. Por tal razón se les hace difícil creer en Dios como Padre de bondad. Esto no quiere decir que no tienen fe. Simplemente es una falta de imágenes memoriales por las cuales podrían apreciar a Dios "como Padre". Las imágenes mentals negativas pueden obstruir la autorevelación de Dios de un modo particular para alguna persona. Pero tales imágenes no pueden obstruir todos los modos en que la gente percibe y expresa el misterio de DIos. Dios, quien nos busca constantemente, nos busca hasta que lo hallamos.

 

Una persona que busca una visió más profunda de la realidad puede dudar a veces, aun de Dios mismo. Pero tales dudas no indican necesariamente una falta de fe. Pueden indicar todo lo contrario: un signo de fe en desarrollo. La fe es viva y dinámica. A través de la gracia busca penetrar el misterio de Dios. Si alguna doctrina de fe en particular no tiene sentido para alguna persona, esa persona debe seguir buscando. Saber lo que dice una doctrina es una cosa, obtener una revelación sobre su significado a través del don del entendimiento otra. "Busca y hallarás". La persona que busca a través de la lectura, la discusión, el discurrir, o la oración, eventualmente verá la luz. La persona que hable con Dios aun cuando Dios "no está" posee una fe viva.

 

 

Un Solo Dios, Tres Personas Divinas

 

 

La Iglesia católica enseña que el misterio impenetrable que llamamos Dios se ha revelado a sí mismo a la humanidad como Trinidad de personas: el Padre, el Hijo el Espíritu Santo.

 

 

Tres Personas, Un Solo Dios

 

 

El misterio de la Trinidad es la doctrina central de la fe católica. Sobre ella se basan todas las demás enseñanzas de la Iglesia. El Nuevo Testamento menciona con frecuencia al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. La lectura detallada de estos pasajes bíblicos nos conduce a la indudable conclusión de que cada una de estas personas posee cualidades que sólo Dios puede poseer. Pero si sólo hay un Dios, ¿cómo puede esto ser verdad?

 

La Iglesia estudió este misterio cuidadosamente y, después de cuatro siglos de clarificación, decidió expresar la doctrina de este modo: En un solo Dios hay tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, realmente distintas entre sí. Como dice el credo Atanasiano: "El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, sin embargo, no hay tres dioses, sino un solo Dios".

 

 

Creador, Salvador, Santificador

 

 

Todos los efectos de la acción de Dios sobre sus criaturas son producidos en común por las tres divinas personas. Pero ya que ciertos efectos de la acción divina en la creación nos recuerdan más a una divina persona que a otra, la Iglesia le atribuye efectos particulares a una u otra de las divinas personas. Por eso, hablamos del Padre como el Creador do todo lo que existe; del Hijo, el Verbo de Dios, nuestro Salvador o Redentor; y del Espíritu Santo - el amor de Dios  derramado en nuestros corazones - como nuestro Santificador.

 

Creer que Dios es Padre es creer que tú eres hijo o hija; que Dios tu Padre te acepta y te ama; que Dios tu Padre te ha creado como un ser humano digno de amor.

 

Creer que Dios es el Verbo salvador es creer que tú le escuchas; que tu respuesta al Verbo de Dios el el ser receptivo a su Evangelio liberador, que te libera para poder escoger la unión con Dios y la hermandad con tu prójimo.

 

Creer que Dios es Espíritu es creer que tú debes vivir una vida santa y sobrenatural en esta tierra, que es un compartir en la naturaleza de Dios: una vida que es el principo de la vida eterna.

 

 

Dios, Padre de Jesús

 

 

El libro del Exodo presenta una de las revelaciones más profundas en la historia humana. Esta revelación es narrada en la llamada de Dios a Moisés a ser el lider de su pueblo. Hablando de una "zarza ardiente que no se consumía" Dios clamó: "¡Moisés, Moisés!" Entonces, Dios le pidió a Moisés que organizara a los israelitas y que persuadiera al Faraón para que le permitiera guiar a ese pueblo fuera de Egipto. Al oír el plan, Moisés se atemorizó. El diálogo dice así:

            Moisés contestó a Dios: "Si voy a los hijos de Israel y les dijo

            que el Dios de sus padres me envía a ellos, si me preguntan:

            ¿Cuál es su nombre?, yo ¿qué les voy a responder?"

 

            Dios dijo a Moisés: "YO SOY EL QUE SOY". Así dirás al

            pueblo de Israel: YO-SOY me ha enviado a ustedes. Y también

            les dirás: YAVE, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el

            Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado.

 

En este diálogo (y en otros similares, lee Jueces 3, 18 y Génesis 32,30) Dios no se asigna un "nombre". El Señor no quería imponerse un "manubrio" que le hiciera creer a la gente que podrian "maniobrar" a Dios. De hecho, Dios dice que él no es como ninguno de los dioses que la gente adora. El se esconde, para revelar la distancia infinita que hay entre él y todo lo que nosotros los seres humanos tratamos de saber y controlar.

 

Pero al decirle a Moisés que dijera: "YO SOY me ha enviado a ustedes", Dios también reveló algo muy personal. El Dios que "es", más allá de la realidad que va y viene, no está desvinculado de nosotros y de nuestro mundo. Por el contrario, este Dios que "es" revela que esta "contigo". No revela lo que él es en "sí mismo", pero sí revela quien él es "para ti". En este momento clave presentado en el Exodo, Dios reveló que él es "tu" Dios, el "Dios de tus padres": el misterio impenetrable que está contigo por toda la eternidad, contigo más allá del poder de la muerte y el mal.

 

El Dios que se revela a sí mismo en el Antiguo Testamento tiene dos características principales. La primera y más importante es la revelación de que él está muy cerca de ti, que él es "tu" Dios. La segunda es que el Dios que libremente eligió esta relación contigo existe más allá del tiempo y el espacio. YO SOY no está atado a nada, pero une todo a sí mismo: "Yo soy el primero y el último; no hay otro Dios fuera de mí".

 

Siglos después de la revelación reflejada en el libro del Exodo y en el de Isaías, el Dios misterioso de la zarza ardiente reveló su Nombre, en Persona. El Verbo de Dios "se hizo carne y habitó entre nosotros", quebrantando toda suposición y expectativa humana. En una revelación que ciega nuestra mente con su luz, Cristo le habló a YO SOY y le dijo: "Tú, Padre, estás en mí, y yo en ti...yo les he dado y daré a conocer tu nombre, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos, y yo en ellos".

 

YO SOY revela su Nombre en su Hijo. La zarza ardiente te atrae hacia su luz. El Dios de Moisés, revelado en Jesús, es amor, es Padre y está en ti.

 

Jesucristo

 

 

Jesús, Dios y Hombre

 

 

La segunda persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre en Cristo Jesús. Su Madre era María de Nazaret, hija de Joaquín y Ana. José, el esposo de María, fue como un padre para Jesús. El verdadero y único Padre de Jesús es Dios; Jesús no tuvo padre humano.

 

Concebido en el vientre de María por obra del Espíritu Santo, Jesús nació en Belén de Judá, probablemente entre los años del 6 al 4 a C. Murió en el Calvario (en las afueras del Antiguo Jerusalén) siendo aún joven, probablemente en los primeros años de su treintena.

 

El es una sola persona, pero posee tanto la naturaleza divina como la naturaleza humana. El es verdadero Dios y verdadero hombre. Por ser Dios, tiene todas las cualidades y atributos de Dios. Por ser humano, tiene cuerpo humano, alma humana, mente y voluntad humanas, imaginación y sentimientos humanos.

 

Su divinidad no interfiere con su humanidad y vice versa. Murió realmente en el Calvario; experimentó la misma clase de muerte que sufren los humanos. Pero durante su muerte, en su muerte y después de su muerte, siguió siendo Dios.

 

Despué de su muerte, Jesús "descendió a los muertos". La trducción anterior del Credo decía "descendió a los infiernos", que quiere decir lo mismo: el "Hades", el bajo mundo, la región ee los muertos, la condición de aquellos que han fallecido. Básicamente, "descendió a los muertos" significa que Jesús verdaderamente murió, y estuvo entre los muertos como su Salvador. El sábado de Gloria expresa litúrgicamente este aspecto del misterio de la salvación: la "muerte" o ausencia de Dios.

 

La oración de Cristo en su agonía - "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" - se escucha en la vida de muchos cristianos. "Descendió a los muertos" expresa el grito agonizante de Cristo: la experiencia de agarrarse a su Padre en ese momento de angustia absoluta. También expresa lo que sientan muchos católicos a medida que Dios les ayuda a profundizar en su amor, y se dan cuenta que la vida es un infierno si perdemos la presencia de Dios.

 

Jesús resucitó de entre los muertos el domingo de Pascua. Vive hoy con su Padre y el Espíritu, y vive entre nosotros. Sigue siendo tanto Dios como hombre, y así será para siempre.

 

El vive. Y su paso de la muerte a la vida es el misterio de salvación que todos podemos compartir.

 

Cristo: Revelación y Sacramento de Dios

 

Por su predicación, y por su muerte y resurrección, Jesús es al mismo tiempo el revelador y la "revelación de Dios". Lo que el Padre es se muestra en su Hijo, Jesús. Como revelación de Dios, Jesús es tanto el acercamiento de Dios a la humanidad como nuestro camino a Dios.

 

Jesús es el signo máximo en el mundo de la salvación de Dios: el centro y el medio del encuentro de Dios contigo. Por eso le llamamos el "sacramento original". La gracia que Dios te da es él mismo. Y por esta comunicación de sí mismo, tú recibes la autocomunicación total de Dios. Jesús es la presencia salvadora de Dios en el mundo.

 

Cristo, el Centro de Tu Vida

 

Hoy Jesús llega a ti y ejerce su influencia activamente en tu vida por varias formas. Llaga a ti por su Palabra: cuando escuchas la predicación de la Palabra de Dios, o cuando lees las Escrituras atenta y reverentemente. También vive activamente en ti en los siete sacramentos, especialmente en la Eucaristía. También lo encuentras en los demás. Como vemos en la escena del juicio final en el Evangelio de San Mateo, "Entonces los justos le responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer, o sediento, y te dimos de beber?'...Y el Rey les dirá: 'En verdad les digo que cuando lo hicieron a uno de estos hermanos míos pequeños, a mí me lo hicieron'".

 

La Iglesia católica cree que Jesús de Nazaret es el centro de nuestras vidas y nuestro destino. En el documento "La Iglesia en el Mundo Actual", el Vaticano II afirma que Jesús es "la clave, el centro y el fin de toda la historia humana". Como San Pablo, la Iglesia cree que "en él todas las premesas de Dios han pasado a ser un sí".

 

El Espíritu Santo

 

El Espíritu que Habita en Nosotros

 

Existe un modo común por el cual Dios está presente en toda su creación. San Pablo se refiere a esta presencia abarcadora de Dios cuando cita al poeta griego que dijo: "En él vivimos y nos movemos y existimos".

 

Pero hay otra presencia de Dios, totalmente personal, en aquellos que lo aman. Jesús la menciona en el Evangelio de San Juan cuando dice: "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a el, y haremos nuestra morada en el".

 

Esta presencia especial de la Trinidad se atribuye al Espíritu Santo, pues como dice San Pablo: "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos dio". Esta presencia del Espíritu, el Don de Amor de Dios en ti, se llama "morada divina".

 

Los Dones del Espíritu

 

El Espíritu no sólo está presente en ti de manera íntima, sino que también obra silenciosa y activamente para transformarte.. Si respondes al Espíritu, sus dones se convierten en una experiencia real en tu vida.

 

Hay dos clases de dones del Espíritu. La primera tiene como propósito la santificación de la persona que los recibe. Son cualidades sobrenaturales permanentes que hacen posible, para quienes viven en gracia, el vivir en especial armonía con las inspiraciones que ofrece el Espíritu Santo. Estos son: sabiduría (que ayuda a valorizar las cosas del Cielo), entendimiento (que ayuda a captar las verdades religiosas), consejo (que ayuda a ver y a escoger correctamente el mejor modo de servir a Dios), fortaleza (que da fuerza para enfrentar los obstáculos a una fe viva), piedad (que da confianza en Dios y un deseo de servirle), ciencia (que ayuda a ver el sendero a seguir y los peligros a nuestra fe) y temor del Señor (que ayuda a reconocer la soberanía de Dios y el respeto que le debemos y a sus mandamientos).

 

La segunda clase de dones del Espíritu se llama "carismas". Son favores extraordinarios dados especialmente para ayudar a los demás. En la primera carta a los Corintios 12,6-11, se mencionan nueve carismas. Son: el don de la palabra de sabiduría, la palabra de ciencia, la fe, carisma de curación, poder de milagros, profecía, discernimiento de espíritus, diversidad de lenguas y don de interpretarlas.

 

Otros pasajes en San Pablo (como 1 Corintios 12,28-31 y Romanos 12,6-8) mencionan otros carismas.

 

La Gracia y las Virtudes Teologales

 

La Gracia: La Vida de Dios en Ti

 

Probablemente conoces la differencia entre la gracia habitual (el estado de gracia santificante) y la gracia actual (la ayuda divina para realizar actos). Estos son dos aspectos de la vida que vives cuando posees la gracia: El Espíritu de Dios que ha sido "derramado en nuestros corazones".

 

Básicamente, la gracia es la presencia del Espíritu vivo y dinámico de DIos en ti. Como resultado de esta presencia vives una vida interior nueva y abundante que te lleva a "compartir en la naturaleza divina", que te hace hijo de Dios, hermano de Cristo y coheredero con Jesús, "el primogénito de muchos hermanos".

 

Como resultado de la presencia del Espíritu vives y respondes a Dios de un modo totalmente nuevo. Vives una vida en gracia que es buena, que agrada a Dios. Bajo la influencia del Espíritu vives una vida de amor que edifica el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Al vivir en el Espíritu con el resto de la Iglesia, vives con los demás para crear un espíritu de amor y comunión donde quiera que estés.

 

La gracia - la vida de Dios en ti - transforma el sentido y la dirección de tu vida. Por la gracia, declara San Pablo: "Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia". En resumidas cuentas, la gracia - el don gratuito de Dios para ti - es la vida eterna, una vida que ya ha comenzado. Ya, aun cuando todavía eres peregrino en la tierra, la gracia es "Cristo en ti, la esperanza de la gloria".

 

Fe, Esperanza y Caridad

 

Como ser humano puedes creer, amar y confiar en los demás. La gracia transforma como tratas a los demás en las virtudes teológicas (dirigidas a Dios) de fe, esperanza y caridad, que son disposiciones para relacionarte con Dios y con los demás como uno/a de los hijos e hijas a quienes Dios ama.

 

En el estado de la gracia posees "fe": crees en Dios, dándole todo tu ser a la fuente de toda verdad y realidad en tu propio ser. Posees la "esperanza": hallas tu significado y tu futuro en Dios, cuya promesa de vida eterna se cumple ahora ocultamente porque vives en gracia. Posees "caridad": amas a Dios como el Todo personal de tu vida y a todas las personas como coherederos del destino que Dios depara a todos: la comunión eterna con él.

 

(Si la gente se separa de Dios por haber pecado seriamente, pierden la gracia y la virtud de la caridad. Pero esta pérdida no les quita su fe o esperanza a menos que hayan pecado directa y seriamente en contra de estas virtudes).

 

Amor a Dios, a Sí Mismo, a los Demás

 

En esta vida, tu amor a Dios va unido al amor a los demás, y esas dos clases de amor van unidas al amor propio. No amas al Dios que no puedes ver, si no amas a tu prójimo, a quien puedes ver. Y en virtud del mandamiento de Dios mismo, debes amar a tu prójimo "como a ti mismo". En términos de la vida real, el cumplimiento del mandamiento divino de amar comienza por un amor a sí mismo. Para amar a Dios como él desea, debes respetarte, estimarte y aun reverenciarte.

 

El amor propio crece al darnos cuenta profunda y gradualmente de que "Dios verdaderamente te ama" con un amor sin límites. Eres amado y amoroso.

 

Tu amor propio también crece cuando tratas de comprender más profundamente a los demás, escuchando, confiando en ellos, amándolos y dejándolos que te amen; perdonando y buscando el perdón personal; creciendo al extender tu círculo de compasión de modo que pueda abrazar a toda criatura viviente y a toda la naturaleza en su belleza.

 

En los escritos de San Juan en el Nuevo Testamento hay un principio básico que dice: "Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo "el que ama" es nacido de Dios y "conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios", porque Dios es amor". El amor se aprende amando. Amando llegas a conocer a Dios.

 

La Iglesia Católica

 

La Iglesia: Fundada por Jesucristo

 

La vida total de Jesús, el Verbo hecho carne, es el fundamento de la Iglesia.

 

Jesús llamó a varios discípulos que se entregaron totalmente a El. Orando primero, Jesús entonces escogió a los Doce, su círculo predilecto. El se dio a conocer a los Doce personalmente y les habló de su futura pasión y muerte, instruyéndolos detalladamente sobre lo que significa ser su seguidor. Sólo los Doce celebraron la Ultima Cena con él.

 

A los Doce se les llama "apóstoles" - es decir, emisarios cuya misión era ser los representantes personales de Jesús. A estos apóstoles les dio todo el poder de autoridad que había recibido del Padre. "En verdad les digo, lo que aten en la tierra será atado en el Cielo, lo que desaten en la tierra será desatado en el Cielo".

 

La Ultima Cena fue la preparación máxima de Jesús para la Iglesia. En esa cena tomó pan y vino y dijo:"Tomen y coman, esto es mi Cuerpo; tomen y beban, ésta es mi Sangre". Con estas palabras él se entregó a "sí mismo". Al recibirlo de este modo, los Doce entraron en una unión con él y entre ellos mismos, tan totalmente íntima, que nunca antes la habían logrado. En esa cena se convirtieron en "un solo cuerpo con Cristo". La Iglesia primitiva entendió muy bien la profundidad de esa comunión, como nos muestra el primer documento sobre la Eucaristía en el Nuevo Testamento: "Porque aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan".

 

En la Cena, Jesús también habló de la"nueva alianza". Dios iba a establecer una nueva relación con la humanidad, una alianza sellada con el sacrificio de la Sangre de Cristo. Esta nueva relación sería regida por una nueva ley: el mandamiento del amor.

 

El primer relato sobre la Eucaristía, en la primera carta a los Corintios, revela lo que la Ultima Cena significaría para el futuro de la Iglesia. Jesús dice: "Hagan esto en memoria mía". Jesús previó que por mucho tiempo su presencia no sería visible para sus discípulos. El quería que la Iglesia repitiera esta Cena una y otra vez durante ese tiempo. En estos memoriales, él estaría íntimamente presente, el Señor resucitado dirigiendo a su pueblo hacia ese futuro cuando él haría todo nuevo, el día en que habría "un Cielo nuevo y una tierra nueva".

 

La Ultima Cena fue el último paso que Jesús dio antes de su muerte para preparar a los Doce. Esta celebración reveló que ellos, y sus sucesores por todos los siglos, habrían de desempeñar su misión de enseñar, santificar y gobernar.

 

De acuerdo a los Evangelios (Mt 16:13-19; Lc 22:31s; Juan 21:15-17), la responsabilidad dada a los apóstoles fue dada de modo especial a San Pedro. En el Evangelio de Mateo, Jesús dice: "Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella". Pedro será la piedra, el representante visible de Jesús, quien es el fundamento de la Iglesia. Pedro proveerá a la Iglesia de liderato inquebrantable contra "el poder de la muerte", contra las fuerzas que destruirían lo que Jesús había obtenido para su pueblo.

 

Cristo completó la fundación de la Iglesia al enviar al Espíritu Santo. El verdadero nacimiento de la Iglesia fue el dia de Pentecostés. La venida del Espíritu Santo tomó lugar públicamente, tal como la crucifixión de Jesús fue a la vista de todos. Desde ese día la Iglesia ha mostrado ser una realidad divino-humana: una combinación de la obra del Espíritu y el esfuerzo de la gente, de manera humana, por cooperar con el don de su presencia y el Evangelio de Cristo.

 

La Iglesia como Cuerpo de Cristo

 

La imagen de la Iglesia como Cuerpo de Cristo se halla en los escritos de San Pablo en el Nuevo Testamento. En el capítulo 10 de la primera carta a los Corintios, Pablo dice que nuestra comunión con Cristo procede del cáliz de bendición que nos une en su sangre y del pan que partimos, que nos une en su Cuerpo. Porque el pan es uno, todos nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo. El Cuerpo eucarístico de Cristo y de la Iglesia son, juntos, el Cuerpo (místico) de Cristo.

 

En el capítulo 12 de la primera carta a los Corintios (y en el capítulo 12 de Romanos) Pablo enfatiza el cuidado y dependencia mutua que gozamos como "miembros de un mismo cuerpo". En la carta a los Efesios y a los Colosenses, el énfasis es en "Cristo como nuestra cabeza". Dios nos dió a Cristo como cabeza de la Iglesia. Mediante Cristo, Dios descubre su plan, "el misterio escondido de antemano", de unir todas las cosas y reconciliarnos con El. Ya que este misterio se va descubriendo por medio de la Iglesia, Efesios llama a la Iglesia "el misterio de Cristo".

 

La Iglesia como el Sacramento de Cristo

 

El Papa Pablo VI expresó la misma verdad en estas palabras: "La Iglesia es un misterio. Es una realidad llena de la presencia oculta de Dios".

 

Cuando San Pablo y el Papa Pablo dicen que la Iglesia es un "misterio", la palabra significa "sacramento". Es un signo visible de la presencia invisible de Dios.

 

Cristo es el sacramento de Dios, y así mismo la Iglesia es el sacramento, el signo visible de Cristo. Pero la Iglesia no es sacramento sólo para sus miembros. En la "Constitución sobre la Iglesia", el Segundo Concilio Vaticano dice con claridad que: "La Iglesia es, en Cristo, como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano".

 

En el plan de Dios para la humanidad, la Iglesia es el sacramento, el instrumento principal y visible por el cual el Espíritu logra alcanzar la unidad que nos aguarda a todos.

 

Este proceso de salvación, sin embargo, es una aventura divino-humana. Todos participamos en ella. Nuestra cooperación con el Espíritu consiste en convertirnos en una Iglesia que vea a Cristo tan claramente en los demás, que los demás puedan ver a Cristo en nosotros.

 

El Pueblo Católico de Dios

 

Al hablar de la Iglesia, el Segundo Concilio Vaticano enfatiza la imagen del pueblo de Dios sobre las demás.

 

Si hablamos estrictamente, todo el mundo es parte del pueblo de Dios; en los capítulos 8 y 9 de Génesis, la Biblia nos muestra que Dios ha creado una alianza con toda la humanidad. Pero el nombre del pueblo de Dios se aplica de un modo especial a los seguidores de Cristo en el Nuevo Testamento y aclara varios aspectos importantes de la comunidad católica.

 

Un hecho importantísimo de los católicos es este: tenemos conciencia de "ser un pueblo". A pesar de que procedemos de los más variados grupos étnicos y nacionales, tenemos conciencia de pertenecer a la misma familia mundial.

 

Otro aspecto del pueblo católico es nuestro sentido de "la historia". Nuestra familia se remonta a la cristiandad primitiva. No todos conocemos el panorama total de nuestra historia como Iglesia, pero casi todos conocemos la vida de los mártires y de los santos. Y dentro, muy dentro, nos identificamos con esta gente y su historia. Todas esas generaciones que nos precedieron son parte de nosotros.

 

Nuestra conciencia de pueblo es profunda. Tal vez hay católicos deslizados e inactivos, pero buenos o malos, son católicos. Cuando quieren regresar, saben a dónde ir. Y cuando regresan, son bienvenidos. La Iglesia tiene sus imperfecciones. Pero en su corazón, ella es la fuente inagotable del perdón y de la misericordia de Dios.

 

La comunidad católica no constituye la totalidad del pueblo de Dios, pero es ese grupo fuerte y evidente que sabe hacia dónde se dirige. Como el pueblo del Antiguo Testamento que avanza hacia la tierra prometida, estamos conscientes de que "aquí no tenemos ciudad duradera, y por eso buscamos la ciudad que ha de venir". Nuestra fe nos indica que nuestro futuro está en Dios y que nos necesitamos mutuamente para alcanzarlo. Esto es parte de nuestra fuerza, un aspecto de nuestro misterio.

 

La Iglesia Católica: Una Institución Unica

 

En el siglo dieciséis el Cardenal Roberto Belarmino escribió: "La única y verdadera Iglesia es la comunidad de los hombres unidos por la profesión común de la fe cristiana y congregados en la comunión de los mismos sacramentos, bajo el gobierno de pastores legítimos, especialmente el vicario de Cristo en la tierra, el Romano Pontífice".

 

Como definición de la Iglesia, la declaración de Belarmino está incompleta; habla de la Iglesia como institución visible y nada más. Una definición más completa indicaría, como lo ha hecho el Papa Pablo VI, que "La Iglesia es un misterio... la presencia oculta de Dios". Pero la definición de Belarmino enfatiza un punto importante: La Iglesia es una realidad social visible, que incluye el aspecto institucional. Desde el comienzo de su historia, el cristianismo ha tenido una estructura visible: designó líderes, prescribió formas litúrgicas y aceptó formulaciones de la fe. En términos de estos elementos, se ve que la Iglesia católica es una sociedad visible. Pero por ser también un misterio, la Iglesia es distinta a cualquier otro grupo organizado.

 

Como sociedad visible, la Iglesia católica es única en su clase. Otras comunidades cristianas poseen varios elementos básicos en común con ella, como son "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos". Pero como indica el Vaticano II, "Estos elementos, siendo dones que pertenecen propiamente a la Iglesia de Cristo, poseen un dinamismo interior dirigido a la unidad católica".

 

Más aun - y este es el punto decisivo sobre la singularidad de la Iglesia católica - el Vaticano II declara que "Esta Iglesia, constituida y organizada en el mundo como sociedad, 'subsiste en la Iglesia católica...'". Esta enseñanza clave declara que la plenitud básica de la Iglesia, la fuente vital de la unidad cristiana total en el futuro, se halla singularmente en la Iglesia católica visible.

 

Infalibilidad en la Iglesia

 

Cristo le encargó a su Iglesia la misión de proclamar su Buena Nueva. También nos prometió su Espíritu, que nos "guía en la verdad". Ese mandamiento y promesa garantizan que nosotros, la Iglesia, jamás nos apartaremos de la enseñanza de Cristo. La "infalibilidad" es la inhabilidad que tiene la Iglesia de errar sobre los puntos básicos de la enseñanza de Cristo.

 

La responsabilidad del Papa es preservar y nutrir la Iglesia. Esto significa que tratamos de hacer realidad la oración de Cristo en la Ultima Cena, "que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que ellos también sean uno en nosotros, y el mundo llegue a creer que tú me has enviado.

 

La enseñanza de la Iglesia tiene su aspecto sacramental; pretende ser instrumento y signo de unidad. Como el Papa tiene la responsabilidad de ser fuente sacramental de unidad, él desempeña un papel especial con respecto a la infalibilidad de la Iglesia.

 

La infalibilidad sacramental de la Iglesia se conserva por su instrumento clave de infalibilidad, el Papa. La infalibilidad que la Iglesia posee le pertenece al Papa de un modo especial. El Espíritu de la verdad garantiza que el Papa no puede llevar a la Iglesia al error cuando él declara que enseña algo infaliblemente como representante de Cristo y como cabeza visible de la Iglesia, en materias básicas de fe o moral. Este don del Espíritu se llama infalibilidad papal.

 

Al hablar de la infalibilidad de la Iglesia, del Papa y de los Obispos, dice el Vaticano II: "Esta infalibilidad con que el Divino Redentor quiso proveer a su Iglesia...es la misma infalibilidad de la cual el Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza, en virtud de su cargo....La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Colegio de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio juntamente con el sucesor de Pedro".

 

María, Madre de Jesús y de la Iglesia

 

En su libro "María y Tu Vida Diaria", Bernard Häring dice: "El Segundo Concilio Vaticano ha coronado la "Constitución Dogmática de la Iglesia" con un bello capítulo sobre María, el prototipo y modelo de la Iglesia. La Iglesia no podría llegar a entender plenamente su unión con Cristo y el servicio a su Evangelio si le faltara un profundo amor a María, Madre del Señor y Madre nuestra". Al discernir la naturaleza profunda y personal de nuestra salvación, el Vaticano II enfatizó la influencia de María en nuestras vidas.

 

Por ser Madre de Jesús, María es Madre de Dios. Como dice el Vaticano II: "Al anuncio del ángel, la Virgen María recibió el Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo, dándole Vida al mundo. En efecto, es reconocida como verdadera Madre de Dios y Madre del Redentor".

 

Como Madre del Señor, María es una persona singular. Tal como su Hijo, fue concebida como ser humano (y vivió toda su vida) exenta de toda mancha de pecado original. Esto es su "Inmaculada Concepción".

 

Antes, durante y después del nacimiento de su Hijo Jesús, María preservó su virginidad física. Al final de su vida María fue asunta - esto es, elevada en cuerpo y alma al Cielo. Esto es la "Asunción".

 

Como Madre del Cristo cuya vida vivimos, María es también Madre de la Iglesia. Es miembro de la Iglesia, pero un miembro singular. El Vatican II expresa su relación con nosotros llamándola "miembro sobresaliente y singularísimo de la Iglesia, su prototipo y modelo...a quien la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a Madre amantísima".

 

Como una madre que espera hasta que sus hijos mayores regresen al hogar, María no cesa de influenciar el rumbo de nuestra vida. Dice el Vaticano II: "Concibió a Cristo, lo engendró, lo alimentó, lo presentó en el templo al Padre y padeció juntamente con su Hijo agonizante en la cruz.... Por tal motivo es nuestra madre en el orden de la gracia". "Con su amor materno, se cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan rodeados de peligros y angustias hasta que sean llevados a su morada celestial".

 

La madre que vió al Hijo de su propia carne morir por sus otros hijos, te prepara un hogar y espera por ti. En palabras del Vaticano II, ella es tu "signo de esperanza segura y de consuelo".

 

La Iglesia también honra a los demás santos que ya están con el Señor en el Cielo. Son personas que sirvieron a Dios y a sus hermanos de un modo tan sobresaliente que han sido canonizadas. Es decir, la Iglesia ha declarado oficialmente que están en el Cielo y nos los presenta como modelos heroicos y nos anima a orar pidiéndoles que intercedan ante Dios por nosotros.

 

Escritura y Tradición

 

El Segundo Concilio Vaticano describe la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura como "un espejo en el que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios".

 

La palabra reveladora de Dios nos llega por la palabra oral y escrita de los hombres. La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios "en cuanto que se consigna por escrito, bajo la inspiración del Espíritu Santo". La Sagrada Tradición es la transmisión de la Palabra de Dios por los sucesores de los apóstoles. Juntas, la Tradición y la Escritura "constituyen un solo depósito sagrado de la Palabra de Dios confiado a la Iglesia".

 

La Biblia: Sus Libros y Su Mensaje

 

La Sagrada Escritura, es decir, la Biblia, es una colección de libros. De acuerdo al canon de la Escritura (la lista de libros que la Iglesia católica considera auténticos), la Biblia contiene 73 libros. Los 46 libros del Antiguo Testamento fueron escritos aproximadamente entre los años del 900 a.C. al 160 a.C.; es decir, antes del nacimiento de Cristo. Los 27 libros del Nuevo Testamento fueron escritos aproximadamente entre los años 50 d.C . al 140 d.C.

 

La colección del Antiguo Testamento se compone de libros históricos, didácticos (enseñanza) y proféticos (que enmarcan la palabra inspirada de los profetas, personas que se comunicaron con Dios de un modo especial y así fueron sus portavoces auténticos). Con varias excepciones, estos libros fueron escritos originalmente en hebreo.

 

En fin, los libros del Antiguo Testamento son una crónica de las experiencias del pueblo de Israel con Yavé, el "Dios de sus padres" (vea Exodo 3,13-15). En general, estos libros revelan la percepción israelita de la realidad personal de Yavé, el Dios único, que obra en la historia humana, guiándola de acuerdo a su plan y objetivo. Yavé es el mismo Dios a quien Jesús, siendo judío, llamó Padre.

 

Los libros del Nuevo Testamento, originalmente escritos en griego, se componen de los Evangelios (la proclamación de las Buenas Nuevas) y las epístolas (cartas). El orden en que aparecen en la Biblia es el siguiente: primero los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. A los primeros tres Evangelios se les llama "sinópticos" (del Griego, "synoptikos", "una sola perspectiva") porque narran casi la misma cosa de modo similar. El libro llamado Hechos de los Apóstoles, que sigue al Evangelio de San Juan, es una secuela al Evangelio de Lucas, escrito por Lucas, los Hechos de los Apóstoles continúan la narración de su Evangelio. El Evangelio de Juan (también se llama el cuarto Evangelio) completa la imagen de Jesús que hallamos en los Evangelios sinópticos.

 

Luego vienen las epístolas de San Pablo - los documentos más antiguos del Nuevo Testamento - que Pablo escribió, para responder a necesidades particulares en casos especiales que surgían en las comunidades cristianas locales.

 

Después de las cartas de San Pablo siguen las epístolas católicas. Se les llama católicas o universales, porque no responden a las necesidades particulares de las comunidades locales, sino a cuestiones de importancia para todas las comunidades cristianas.

 

El último libro del Nuevo Testamento es el libro del apocalipsis, que contiene un mensaje de esperanza para los cristianos perseguidos, prometiéndoles el triunfo último de Cristo en la historia.

 

El tema básico del Nuevo Testamento es Jesucristo. Cada libro revela un aspecto distinto de su misterio. Los cuatro Evangelios narran las palabras y los hechos de Cristo conservados y transmitidos por las primeras generaciones de la Iglesia. Narran la historia de la pasión y muerte y lo que la muerte significa a la luz de la resurrección. Las enseñanzas y hechos de Jesús cobraron un profundo significado para los cristianos sólo "después" de la resurrección. Los Evangelios reflejan la fe en Jesús resucitado y vivo entre nosotros que compartían los primeros cristianos.

 

Los escritos del Nuevo Testamento no nos dicen quién era Jesús, sino quien él "es". No son meros documentos históricos, pues tienen el poder de transformar tu vida. En el "espejo" del Nuevo Testamento puedes hallar a Cristo. Si puedes aceptar lo que ves en ese espejo, el significado de Jesús en tu vida, también podrás hallarte a ti mismo.

 

La Tradición, el Vaticano II y los Padres

 

La Sagrada Tradición es la transmisión de la Palabra de Dios. Esta transmisión la realizan oficialmente los sucesores de los apóstoles, y de modo no oficial por quienes adoran, enseñan y viven la fe del modo que la entiende la Iglesia.

 

Algunas ideas y costumbres nacen del proceso de la Tradición y se convierten en instrumentos de importancia en el proceso, a veces durante varios siglos. Pero un producto de la Tradición es esencial solamente si ese producto ha ayudado a transmitir la fe de modo invariable desde los primeros siglos de la Iglesia. Ejemplos de estos elementos básicos son la Biblia (como instrumento tangible que se usa para transmitir la fe), el Credo de los Apóstoles y las formas básicas de la liturgia de la Iglesia.

 

Un producto del proceso de la Tradición puede desempeñar un papel especial en la transmisión de la fe durante cierto tiempo. Un ejemplo son los documentos de los concilios ecuménicos. Un concilio ecuménico es una reunión oficial de todos los obispos del mundo unidos con el Papa, con el fin de tomar decisiones. Las enseñanza de un concilio ecuménico - productos de la Tradición en su sentido estricto - desempeñan un papel decisivo en el proceso de la Tradición. Los documentos del Concilio de Trento en el siglo dieciséis desempeñaron ese papel y también los documentos del Vaticano I que tuvo lugar en el siglo diecinueve.

 

Los documentos del Concilio Vaticano II desempeñan la misma función en la transmisión y en el proceso de nuestra era. Como dijo el Papa Pablo VI en un discurso en 1966, "Debemos dar gracias a Dios y tener confianza en el futuro de la Iglesia al pensar en el Concilio: será 'el gran catecismo de nuestro tiempo'".

 

El Vaticano II hizo lo que la Iglesia como maestra siempre ha hecho: Ha declarado el contenido inmutable de la revelación, traduciéndolo al lenguaje de la cultura actual. Pero esta traducción no es meramente noticias viejas disfrazadas en lenguaje moderno. Como dice el Vaticano II: "Esta tradición, que procede de los apóstoles, "progresa" en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo. Indiscutiblemente la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas es mayor... A través de los siglos, la Iglesia "tiende constantemente a la plenitud" de la verdad divina hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios".

 

Por medio del Vaticano II la Iglesia ha escuchado al Espíritu y ha adoptado la misión de estudiar "los signos de los tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio". No siempre queda claro hacia dónde nos lleva el Espíritu. Pero el terreno sobre el cual nosotros, la Iglesia, marchamos adelante es firme: el Evangelio de Cristo. Uno de los instrumentos básicos de la Tradición en esta etapa en la historia - en la transmisión de la fe - son los documentos del Vaticano II.

 

La Tradición es un proceso totalmente personal. La fe se transmite de "persona a persona". Los papas y los obispos, sacerdotes y religiosos, los teólogos y los maestros transmiten la fe. Pero la gente más importante envuelta en ese proceso son los padres y sus hijos. Los niños chinos no tienen acento irlandés. Los niños de padres sin fe casi nunca desarrollan una fe viva y profunda. Con respecto a la Tradición, recordemos las palabras del famoso educador y sacerdote inglés, Rvdo. Drinkwater: "Tú educas hasta cierto punto... por lo que dices, más por lo que haces y aun más por lo que eres; pero más que nada por lo que amas".

 

El Pecado: Original y Personal

 

El Pecado Original y Sus Efectos

 

En la "Constitución sobre la Iglesia en el Mundo Actual", dice el Vaticano II: "El hombre fue creado por Dios en estado de santidad, mas sin embargo, a instancia del Mal desde los albores de la historia, abusó de su libertad, rebelándose contra Dios y deseando alcanzar su fin apartado de Dios".

 

Los capítulos 1 al 11 del libro del Génesis relatan en forma narrativa la condición sombría de la humanidad. Los capítulos 1 y 2 de Génesis narran la creación realizada por Dios. Dios creó todas las cosas, incluso al hombre y la mujer, y vió que todo era bueno.

 

Pero el pecado entró a este mundo bueno. Esto se menciona en el capítulo 3 del Génesis, cuando el hombre Adán rechaza a Dios y trata de hacerse igual a El. Como consecuencia de este pecado original el hombre se aleja de Dios. Se esconde. Cuando Dios lo confronta, Adán le echa la culpa a Eva y Eva le echa la culpa a la serpiente. La moral es simple y trágica: la culpa del hombre deforma todas sus relaciones. El pecado convierte la vida en una carga pesada.

 

Los capítulos 4 al 11 del Génesis describen el crecimiento del pecado en el mundo desde el pecado original de Adán. Caín mata a su hermano Abel. El pecado llega a tal proporción que Dios envía un diluvio que inunda toda la tierra, un símbolo del caos y destrucción que el pecado efectuó en la creación. En el capítulo 11, la necedad humana llega a su punto máximo: el hombre trata de llegar a ser igual que Dios construyendo una torre para alcanzar el Cielo. Este rechazo de Dios se desborda en el rechazo del prójimo. Ahora hay división y falta de comunicación entre las naciones.

 

De acuerdo al Génesis, el pecado deformó un mundo hermoso. El resultado continuo ha sido la división, el dolor, la matanza, la soledad y la muerte. Esta trágica narración nos resulta conocida. La realidad a la cual señala es parte fundamental de la experiencia humana. No es sorprendente que esta realidad - el hecho del pecado original y sus efectos en nosotros - es una enseñanza de la Iglesia.

 

Excepto Jesucristo y su Madre María, todo ser humano que nace al mundo queda afectado por este pecado original. Como declara San Pablo en Romanos 5,12: "El pecado entró al mundo por un hombre y por el pecado la muerte, y por eso la muerte se extiende a todo hombre, ya que todos han pecado".

 

Al insistir que el mal existe en el mundo, la Iglesia no sugiere que la naturaleza humana es corrupta. Por el contrario, la humanidad es capaz de hacer el bien. Aun cuando sentimos una fuerza aplastante, mantenemos un control esencial sobre nuestras decisiones. Permanece nuestro libre albedrío. Y - lo que es más importante - Cristo nuestro Redentor ha conquistado a la muerte y al pecado por su muerte y resurrección. Esta victoria ha devorado no sólo nuestros pecados personales, sino también el pecado original y sus vastos efectos. La doctrina del pecado original puede representarse como un telón obscuro contra el cual se puede reflejar la vislumbrante redención que Cristo obtuvo para nosotros.

 

Pecado Personal

 

Además de los efectos del pecado original, existe el pecado cometido por el individuo. Pecamos personalmente cuando quebrantamos la ley moral deliberadamente y con pleno conocimiento. Al pecar, dejamos de amar a Dios.

 

El pecado mortal es un rechazo fundamental del amor de Dios. Por el, el pecador pierde la presencia de Dios que posee por medio de la gracia. "Mortal" quiere decir que conduce a la muerte. Este pecado mata la vida y el amor de Dios en el pecador. Para que un pecado sea mortal debe haber (1) materia grave, (2) conocimiento suficiente, (3) consentimiento pleno de la voluntad.

 

El pecado "venial" es un rechazo menos serio del amor de Dios. Un pecado es venial cuando no hay ofensa grave, o - si la materia es grave - cuando la persona no está lo suficientemente consciente del mal envuelto, o no da consentimiento pleno al pecado.

 

El pecado venial es como una enfermedad espiritual que hiere, pero no mata la presencia de Dios que la persona posee por medio de la gracia. Puede haber diferentes grados de seriedad en el pecado, como hay diferentes clases de enfermedades más o menos serias. Aun los pecados veniales no deben tomarse con ligereza. Quienes se aman no quieren ofenderse de ningún modo, aun levemente.

 

Los pecados, no importa su seriedad, no tienen que ser acciones. Una persona puede pecar por pensamiento o deseo, o al no hacer algo que se debe hacer.

 

Dios perdona todo pecado - aun los más serios - una y otra vez, si la persona verdaderamente se arrepiente.

 

La persona que vive consciente de estar en pecado mortal tiene que confesar ese pecado para reconciliarse con Cristo y su Iglesia antes de recibir la santa comunión. Una persona con pecado mortal puede recibir la gracia de Dios antes de la confesión mediante un arrepentimiento perfecto, pero este arrepentimiento debe ser en conjunto con la intención de confesar el pecado y recibir absolución sacramental.

 

Pecado Personal y Mal Social

 

El mal puede institucionalizarse. La injusticia, por ejemplo, puede llegar a ser parte del modo de vivir de un grupo, enraizada en leyes y costumbres sociales. Tales patrones del mal, cual piedra que se lanza al charco, se esparcen y contaminan las actitudes y acciones de las personas en ese ambiente. La influencia de estos patrones puede ser tan sutil que la gente enredada en ellos tal vez no está consciente del mal que promueven.

 

El misterio  del pecado original tiene su dimensión social, y la cooperación en esos patrones del mal hace que sea más profunda la presencia del mal en el mundo. Contribuye al sufrimiento humano. Por eso, el Vaticano II enfatiza - especialmente durante la temporada penitencial de Cuaresma - las "consecuencias sociales del pecado".

 

El permitir el mal institucionalizado convierte a la persona en parte integrante del problema, y en un descendiente activo del Hombre Viejo, Adán. El resistir o confrontar el mal social te hace parte de la solución: un ser vivo con la vida que nos dio el Hombre Nuevo, Jesucristo.

 

Formación de una Conciencia Recta

 

Hablando sobre la dignidad de los seres humanos, dice el Vaticano II: "En lo profundo de su conciencia el hombre descubre una ley, que él mismo no se impone, pero a la cual debe obedecer y cuya voz, llamándole siempre a hacer el bien y evitar el mal, dice en los oídos de su corazón cuando conviene: haz esto, evita aquello. Pues el hombre tiene en su corazón una ley inscrita por Dios: su dignidad consiste en obedecerla, y conforme a ella se le juzgará. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más profundo de su ser".

 

Todos estamos moralmente obligados a seguir nuestra conciencia. Pero esto no significa que lo que nos indica nuestra conciencia es infaliblemente correcto. Como dice el Vaticano II: "La conciencia se equivoca por ignorancia invencible sin que por eso pierda su dignidad"; es decir, ignorancia por la cual no tenemos responsabilidad moral. El buscar una conciencia recta es parte de nuestra dignidad y responsabilidad.

 

Hablando sobre la conciencia recta, dice el Vaticano II: "Cuanto más prevalece la recta conciencia tanto más se apartan las personas y los grupos del ciego capricho y procuran conformarse a las normas objetivas de moralidad".

 

En cuanto al punto crucial sobre cómo formar una conciencia recta, dice el Vaticano II: "En la formación de su conciencia los fieles deben, por su parte, prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia. Por voluntad de Cristo, la Iglesia Católica es la maestra de la verdad y su misión consiste en anunciar y enseñar auténticamente la verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana".

 

En cuestiones personales de conciencia, "presta diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia". Luego, "en el núcleo más secreto y en el sagrario" de tu corazón donde estás "a solas con Dios", busca su voluntad. Busca y hallarás.

 

Los Sacramentos de la Iglesia

 

Bautismo: Vida Nueva y Nuevo Modo de Vida

 

Mediante la inmersión simbólica en las aguas bautismales, eres "sumergido en el misterio pascual de Cristo". Misteriosamente "mueres con el, eres sepultado con él y resucitas con él".

 

Como cristiano bautizado eres hermano adoptivo de Cristo "escondido con Cristo en Dios", pero eres también miembro visible de su Cuerpo.

 

Por la muerte al pecado (las aguas bautismales lavan todo pecado, tanto original como personal), tú entras en la comunidad de la Iglesia "como por una puerta". Tu bautismo imborrable en Cristo fue el inicio de una vocación singular para toda la vida.

 

Mucha gente ejercita su vocación bautismal de modo muy práctico en actividades parroquiales. Para ayudar a sus sacerdotes, sirven de ministros de la Eucaristía, lectores, comentaristas, directores del coro, ujieres, monaguillos, miembros del consejo parroquial, de la Legión de María, de los Vicentinos, el Santo Nombre y otros grupos parroquiales.

 

Otros sirven en la vida espiritual y comunitaria de su parroquia enseñando religión, participando en programas de educación religiosa para adultos, clases de Biblia, círculos de oración y encuentros conyugales. Muchos fortalecen su fe alabando al Señor en la renovación carismática católica. Estos son sólo unos cuantos ejemplos de como los miembros bautizados del Cuerpo de Cristo viven el misterio de su vocación bautismal.

 

Un modo especial de vivir la vida bautismal es la vocación religiosa. Algunos se hacen miembros de órdenes y congregaciones, haciéndose hermanos y hermanas o monjas, respondiendo a una gracia especial de Dios.

 

Como religiosos consagrados, ellos se entregan al Señor haciendo voto de vivir los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Como explica el Vaticano II, sus vidas quedan dedicadas al servicio de Dios "en un acto de consagración bautismal y que provee una manifestación más amplia de ésta".

 

Por el bautismo, compartes con los demás un "'vínculo sacramental' que te une a todos los que han renacido por medio de el". Tu bautismo no puede repetirse, ya que por él fuiste vinculado a Dios para siempre. Es un vínculo inquebrantable. Puedes perder la gracia y hasta la fe, pero no puedes perder tu bautismo. Has sido sellado como parte de Dios. Ese mismo vínculo te une a todos los demás seres bautizados en forma sacramental. Tú eres uno de nosotros y todos somos personas "sacramentales". Todos hemos recibido la vocación de vivir el misterio bautismal en el cual hemos sido sumergidos.

 

Confirmación: Sello del Espíritu, Don del Padre

 

La Confirmación es el sacramento por el cual quienes han renacido en el bautismo reciben el sello del Espíritu Santo, Don del Padre. Como el bautismo y la Eucaristía, la confirmación es un sacramento de iniciación; en este caso, la iniciación a la vida de testigo cristiano adulto. La presencia profunda del Espíritu que recibimos en este sacramento debe apoyarnos en nuestro testimonio vital a Cristo y en el servicio a los demás.

 

Si te fueras a confirmar hoy, el celebrante pondría su pulgar en crisma, mezcla especial de aceite de oliva y bálsamo, y marcaría tu frente con la señal de la cruz. Esta acción constituye la imposición de manos que es parte efectiva del sacramento, y que se remonta a la era apostólica.

 

Al ungirte, el celebrante dirá tu nombre, diciendo: "N...recibe el sello del Don del Espíritu Santo". Estas palabras nos recuerdan a la comunidad cristiana primitiva. "En él ustedes también... fueron sellados con el Espíritu Santo prometido, quien garantiza nuestra herencia...".

 

La palabra Don, usada en la confirmación, se escribe con letra mayúscula porque el Don que recibimos es el mismo Espíritu Santo.

 

Penitencia: Sacramento de Reconciliación

 

La penitencia es el sacramento por el cual recibimos el perdón curativo de Dios para sanar los pecados cometidos después del bautismo. También se le llama el sacramento de reconciliación porque no sólo nos reconcilia con Dios, sino también con la comunidad de creyentes que es la Iglesia. Ambos aspectos de la reconciliación son importantes.

 

Como miembros del Cuerpo de Cristo, todo loque hacemos afecta al Cuerpo entero. El pecado hiere y debilita el Cuerpo de Cristo; la curación que recibimos en la penitencia devuelve fuerza y salud a la Iglesia tanto como a nosotros.

 

Cuando alguien se desvía o se aleja del amor de Dios, quien se perjudica es el pecador. El pecado venial pone en tirantez nuestra relación con Dios. El pecado mortal rompe esa relación. En caso de pecado mortal, el modo común por el cual el católico regresa a Dios es mediante la absolución en el sacramento de la penitencia. (Una persona que se halla en pecado mortal puede volver a la gracia de Dios antes de confesarse si logra hacer un acto de contrición perfecta o de arrepentimiento, pero esta contrición perfecta debe ser acompañada por el deseo de confesar el pecado y de recibir la absolución sacramental.)

 

El pecado es una realidad trágica. Pero el sacramento de la penitencia es ocasión de alegría. El capítulo 15 del Evangelio de San Lucas expresa esa alegría claramente. En Lucas 15, los fariseos acusan a Jesús de ser demasiado misericordioso. Jesús les contesta con tres parábolas. En la primera, Dios es cual pastor que abandona noventa y nueve ovejas para buscar la que había perdido. Cuando la encuentra, se llena de alegría.

 

En la segunda parábola, una mujer encuentra una moneda valiosa que había perdido, y celebra el encuentro con una fiesta. Jesús comenta: "Del mismo modo, les digo, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte".

 

La tercera parábola es la del hijo pródigo. Cuando el hijo que estaba perdido regresa al hogar, su padre lo recibe con un caluroso abrazo.

 

Cuando confiesas tus pecados sinceramente, con verdadero arrepentimiento y propósito de jamás pecar, Dios se regocija. Los fariseos que vemos en el Evangelio de Lucas son hombres estrictos y rigidos, jueces más estrictos que Dios. El Padre revelado por Cristo parece ser demasiado bueno. Y así también es Jesús, a quien encuentras en este sacramento. De tal palo, tal astilla. En la penitencia, Jesús te abraza y te sana.

 

Unción de los Enfermos

 

Experimentas la mortalidad en la enfermedad grave. Te das cuenta que algún día morirás. Si no estás gravemente enfermo, sino solamente achacoso o viejo, tienes la misma experiencia.

 

Ya que estas circunstancias hacen que te enfrentes a Dios y que tengas presente tu propia muerte, tu condición presente tiene un carácter sacramental muy especial. Por eso hay un sacramento formal para esta clase de situación: la unción de los enfermos.

 

La unción no acelera la muerte. En este sacramento, sin embargo, Dios te invita a comulgar con el pensando en el encuentro final con el. Por medio de este sacramento, la Iglesia entera pide a Dios que alivie tu sufrimiento, que perdone tus pecados y que te conduzca a la salvación eterna.

 

No tienes que estar al borde de la muerte para recibir este sacramento. Esto se ve claramente porque la unción y las oraciones acompañantes tienen como objetivo la restauración de tu salud. Por lo tanto, si no te hallas en peligro inmediato de muerte, pero estás enfermo o envejecido, puedes y debes pedir el sacramento. Si alguna vez estás en peligro de muerte, por enfermedad o edad avanzada, no debes posponer su recepción.

 

La unción de los enfermos te ayuda a compartir más profundamente la cruz de Cristo. Al compartirla, contribuyes al crecimiento espiritual de la Iglesia. Por medio de esta participación en la cruz de Cristo mediante la unción, te preparas para compartir más totalmente la resurrección de Cristo.

 

Matrimonio: Sacramento de Unidad Vivificante

 

En toda civilización ha habido personas que han intuído un aura de misterio respecto a la unión de un hombre y una mujer. Siempre ha existido la vaga impresión de que el ansia mutua del uno por el otro es vivificante, y que es deseo de unirse a la fuente de toda vida. Es por eso que muchos rituales religiosos y códigos de conducta siempre han estado asociados con el matrimonio.

 

Jesús tomó el matrimonio y lo elevó a sacramento. Como resultado, el matrimonio da una nueva dimensión a la vocación cristiana que comienza en el bautismo.

 

En el matrimonio, el marido y la mujer están llamados a amarse mutuamente de modo muy práctico: sirviendo las más profundas necesidades personales mutuas; tratando los dos de comunicar seriamente sus sentimientos y pensamientos personales, de modo que su unión crezca y se mantenga siempre viva. Este amor es explícita y bellamente sexual. Como indica el Vaticano II, "Este amor se expresa y perfecciona singularmente por el acto conyugal".

 

En el matrimonio, la pareja también está llamada a vivir su sacramento para los demás. Por su obvia unidad, la pareja amorosa afecta las vidas de los demás con ese algo especial: el amor de Cristo entre nosotros. Revelan el amor de Cristo y contagian a los demás: a sus hijos y a cuantos se les aproximen. El resultado natural, y uno de los fines principales del matrimonio, es la creación de nueva vida: los hijos. Pero el amor de una pareja también da vida - la vida del Espíritu de Cristo - a los demás.

 

La pareja no vive su amor meramente porque son compatibles. Lo hacen consciente y deliberadamente porque esa es su vocación y porque el matrimonio es lo que San Pablo llamó: "un gran misterio... con respecto a Cristo y a su Iglesia".

 

El matrimonio es mucho más que un arreglo privado entre dos personas. Es una vocación sacramental en y para la Iglesia. Es un medio por el cual Cristo revela y profundiza el misterio de su unidad con nosotros, su Cuerpo. Por eso, los esposos y esposas viven una vida verdaderamente sacramental cuando siguen las palabras de San Pablo: "Sean sumisos unos a otros en reverencia a Cristo".

 

La unión sacramental de la pareja en la Iglesia católica es "exclusiva" (un hombre y una mujer) e "indisoluble" (hasta que la muerte nos separe). Estas son formas concretas por las cuales la unidad misteriosa entre el esposo y la esposa, y entre Cristo y su Iglesia, se hace realidad.

 

Lo mejor que un padre puede hacer por sus hijos es amar a su esposa. Igualmente, una de las mejores cosas que una pareja puede hacer por la Iglesia y por el mundo es vivir en profunda unión.

 

Ordenes Sagradas: Sacerdocio Ministerial

 

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Como tal, la Iglesia entera participa en la naturaleza y la misión de Cristo, nuestra cabeza. Esto incluye la participación en su sacerdocio.

 

Pero más allá del "sacerdocio común de los fieles", existe el "sacerdocio ministerial" especial de Cristo, que algunos miembros de la Iglesia reciben por el sacramento del órden sagrado.

 

Ambas clases de sacerdocio - el común y el ministerial - comparten en el sacerdocio de Cristo. Y ambas se relacionan entre sí, pero existe una diferencia básica entre ellas. En el sacrificio eucarístico, por ejemplo, el sacerdote ordenado obra en la persona de Cristo y ofrece el sacrificio de Dios en nombre de todos, y la gente se une al sacerdote en esa ofrenda. Ambos papeles - el del sacerdote y el del pueblo - van unidos.

 

Los sacerdotes reciben su sacerdocio de los obispos, que poseen la plenitud del sacramento del órden sagrado. Cuando el obispo ordena al sacerdote, le hace partícipe de su sacerdocio y misión.

 

Los sacerdotes participan en el ministerio de Cristo predicando el Evangelio, tratando con todas sus fuerzas de guiar al pueblo hacia la madurez cristiana. Ellos bautizan, curan y perdonan el pecado en el sacramento de la penitencia, actúan como testigos en el sacramento del matrimonio y ungen a los enfermos. Y lo que es más importante, los sacerdotes celebran la Eucaristía, que es "el palpitar mismo del corazón de la comunidad de los fieles sobre la cual preside el sacerdote". Todos los sacerdotes marchan unidos en su objetivo común: el edificar el Cuerpo de Cristo.

 

Al ser ordenados, los sacerdotes quedan sellados con un "carácter especial", un poder interior que les permite "obrar como Cristo la Cabeza". Este carácter interior especial une a los sacerdotes en vínculo sacramental entre sí, lo cual es un hecho que, en cierto sentido, los separa del resto del pueblo. Esta "separación" tiene como propósito ayudar a los sacerdotes a entregarse totalmente a la obra de Dios.

 

Como dice el Vatican II, los sacerdotes "tratan a los demás hombres como sus hermanos" igual que Cristo. Esto quiere decir que los sacerdotes necesitan a su gente, como su gente los necesita a ellos. Los laicos que trabajan unidos a los sacerdotes les ayudan a ser líderes de la comunidad del pueblo de Dios.

 

Además de los obispos y los sacerdotes, los diáconos también participan de modo especial en el sacramento del órden sagrado. El diaconado, conferido por el obispo, se recibe como primer paso en la ordenación de aquellos destinados al sacerdocio. Desde el Segundo Concilio Vaticano, sin embargo, la antigua orden del diaconado ha sido restaurada en la Iglesia católica romana como oficio en sí. Muchas diócesis cuentan con diáconos que no serán ordenados sacerdotes. Por eso se les llama diáconos "permanentes". Los diáconos permanentes sirven al pueblo de Dios bajo la autoridad del obispo local.

 

La Santa Eucaristía: Sacrificio y Sacramento

 

En su "Constitución sobre la Sagrada Liturgia", el Vaticano II abre el capítulo intitulado "El sacrosanto misterio de la Eucaristía" con estas hermosas palabras: "Nuestro Salvador, en la última cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y Sangre con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su regreso, el sacrificio de la cruz, y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se consume a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera".

 

Este misterio es el centro mismo y la culminación de la vida cristiana. "Aparece como la fuente y el ápice de toda evangelización... el centro de la reunión" de los fieles.

 

En toda Misa Cristo está presente, tanto en la persona de su sacerdote como en su presencia especial bajo las formas del pan y el vino. En cada Misa su muerte se convierte en realidad presente, ofrecida como nuestro sacrificio a Dios, de modo incruento y sacramental. Cuantas veces se celebre en el altar el sacrificio de la cruz, la obra de la redención avanza.

 

En la Misa ofrecemos a Cristo, nuestro sacrificio pascual, a Dios. Y nos ofrecemos a nosotros mismos con El. Luego recibimos al Señor resucitado, nuestro pan de vida, en la santa comunión. Al recibirlo, penetramos al centro mismo del misterio pascual de nuestra salvación: la muerte y resurrección de Cristo.

 

En la cena del Señor atravesamos la historia y "proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva". Al participar en este banquete de amor nos convertimos más totalmente en su Cuerpo. En ese momento nuestro futuro en Dios se convierte en una realidad presente. La unidad a la que estamos destinados queda simbolizada y realizada en la cena que compartimos. En la Misa, tanto el pasado como el futuro se hacen realmente presentes por el misterio.

 

Si te preparas debidamente y la recibes con fe viva la Eucaristía te puede altraer al amor apremiante de Cristo y llenarte de fuerza. Cuando termina la celebración del sagrado misterio reconoces que te ha cautivado si tus obras reflejan tu fe. Y si regresas al lugar donde se reserva el Santísimo Sacramento, Cristo presente en el tabernáculo, puedes recobrar ese amor profundísimo del cual su presencia habla silenciosamente.

 

El Destino Humano

 

Muerte y Juicio Individual

 

La Iglesia cree en dos destinos: uno individual y el otro para la humanidad entera.

 

Lo que te aguarda en la muerte se expresa en la carta a los Hebreos en el Nuevo Testamento: "Del mismo modo queda establecido que los hombres mueren una sola vez, y luego el juicio...".

 

Tu vida como peregrino en la tierra llega a su meta en el momento de la muerte. Al pasar más allá del mundo del tiempo y de cambios ya no puedes escoger otra realidad como el amor máximo de tu vida. Si tu elección básica de amor al morir es el Bien absoluto que llamamos Dios, Dios permanecerá contigo para siempre. La posesión eterna de Dios se llama Cielo.

 

Si tu elección básica de amor al morir es algo menos que Dios, sentirás el vacío profundo de no poseer el Bien absoluto. Esta pérdida eterna se llama infierno.

 

El juicio, en la ocasión de tu muerte, es la revelación clara de tu inmutable condición, libremente elegida: la unión eterna con Dios, o la eterna separación.

 

El Purgatorio y la Comunión de los Santos

 

Si mueres en el amor de Dios, pero aun tienes algunas "manchas de pecado", esas manchas son lavadas en un proceso purificador que se llama purgatorio. Estas manchas de pecado son mayormente la pena temporal que procede del pecado venial o mortal que ya ha sido perdonado, pero por el cual no has hecho suficiente penitencia durante tu vida. La doctrina del purgatorio, reflejada en la Escritura y desarrollada en la Tradición fue expresada claramente en el Segundo Concilio de Lyons.

 

Después de haber pasado por el purgatorio, ya no serás egoísta. Serás capaz de amar con amor perfecto. Tu egoísmo - esa parte en ti que incansablemente buscó satisfacción - habrá muerto para siempre. El "nuevo tú" será tu mismo ser interior, transformado y purificado por la intensidad del amor de Dios.

 

Además de declarar la existencia del purgatorio, el Segundo Concilio de Lyons también afirmó que "los fieles en la tierra pueden ayudar" a quienes están en el purgatorio, ofreciendo por ellos "el sacrificio de la Misa, oraciones, limosnas y otras obras religiosas".

 

En esta doctrina queda implícito el vínculo de unidad - llamado la comunión de los santos - que existe entre el pueblo de Dios en la tierra y aquellos que han pasado a mejor vida. El Vaticano II enfoca este vínculo de unidad al decir que "acepta con gran devoción la venerable fe de nuestros antepasados con respecto a la relación vital que compartimos con nuestros hermanos que están en el Cielo o que aún se están purificando después de la muerte".

 

Esta comunión de los santos es mutua. En la sección que citamos dice el Vaticano II que así como nosotros en la tierra podemos ayudar a los que están en el purgatorio, así los que están en el Cielo pueden ayudarnos en nuestra peregrinación intercediendo ante Dios por nosotros.

 

El Infierno

 

Dios, quien es amor y misericordia infinita, también es justicia infinita. Debido a la justicia de Dios y a su respeto total por la libertad humana, el infierno es una posibilidad real como destino eterno de la persona. Este aspecto del misterio de Dios nos resulta difícil de entender. Pero Cristo mismo lo enseñó y también la Iglesia.

 

La doctrina sobre el infierno aparece claramente en la Sagrada Escritura. En el Evangelio de Mateo, Cristo les dice a los justos: "Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo". Pero a los malvados les dice: "Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado por el Diablo y sus ángeles". En otro lugar Jesús dice: "Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga".

 

Algo que emerge claramente de esta doctrina es la realidad de la libertad humana. Eres libre para buscar a Dios y para servirle. Y eres libre para escoger lo opuesto. En ambos casos, eres responsable de las consecuencias. La vida es cosa seria. El modo en que la vives tiene consecuencias serias. Eres libre, radicalmente libre, para buscar a Dios. Y eres libre, radicalmente libre, para escoger el dolor inexpresable de su ausencia.

 

El Cielo

 

La gracia, la presencia de Dios dentro de ti, es como una semilla viva y en desarrollo que está destinada a abrirse algún día en pleno desarrollo.

 

Dios se te ha brindado a sí mismo, pero de manera oculta. Por lo pronto, lo buscas a la vez que lo posees. Pero llegará el momento en que tu búsqueda cesará. Entonces verás y poseerás a Dios completamente.

 

San Juan nos dice: "Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es".

 

Y San Pablo dice: "Ahora vemos en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo imperfecto, pero entonces conoceré como soy conocido".

 

Eso es el Cielo: la visión directa de Dios, cara a cara, tal como es: Padre, Hijo y Espíritu. Unión total y perfecta con Dios, éxtasis de satisfacción que sobrepasa la imnaginación humana; el "ahora" de la eternidad en el cual todo es siempre nuevo, fresco y presente; calurosa alegría en presencia de Jesús, de su Madre y de toda la gente que has conocido y amado; ausencia total del dolor, el remordimiento, los recuerdos amargos; cuando disfrutarás de todos los poderes de tu mente y (luego de la resurrección en el Juicio Final) de tu cuerpo.

 

Esto es el Cielo. O sea, esto es una pobre imagen de lo que Dios ha prometido a los que lo aman, de lo que Cristo ha ganado para nosotros mediante su muerte y resurrección.

 

Una Tierra Nueva y un Cielo Nuevo

 

Los credos de la Iglesia expresan con claridad nuestra fe en el juicio final del último día. Ese día los muertos resucitarán. Por el poder divino estaremos presentes ante Dios en cuerpo, como seres humanos. Entonces Dios - Señor absoluto de la historia - presentará un juicio panorámico de todo lo que la humanidad ha hecho y todo lo que ha sufrido durante los siglos en que el Espíritu se esforzó en hacernos avanzar como un solo pueblo.

 

¿Cuándo vendrá ese día? En un pasaje admirable, lleno de esperanza en todo lo humano, el Vaticano II expresa la visión de la Iglesia sobre esta cuestión: "Ignoramos el momento en que se llevará a cabo la consumación de la tierra de la humanidad, ni conocemos el modo como se transformará el universo. Pasará, desde luego, este mundo, deformado por el pecado, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza será capaz de saciar y hacer rebosar todos los anhelos de paz que brotan del corazón humano".

 

Mientras tanto, en el tiempo que nos queda por vivir, "se desarrolla el cuerpo de una nueva familia humana que puede de alguna manera ofrecer un esbozo de una era nueva".

 

Cuando hayamos "propagado por la tierra los bienes de la dignidad humana, de la unión fraterna y de la libertad, y todos los bienes que son fruto de la naturaleza y de nuestro trabajo, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados...."Este Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; con la venida del Señor se consumará su perfección".

 

Ese Reino está ya misteriosamente presente. Ya comenzó el día en que Dios "enjugará las lágrimas de nuestros ojos y no habrá muerte". Ya comenzó el día en que le dice a todos los seres vivientes: "Miren, que hago un mundo nuevo.... Hecho está; yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin".

 

Mientras tanto, obramos y oramos por el florecimiento del Reino que vendrá. Y como los primeros cristianos gritamos: ¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús! Te buscamos.